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The Stranger II [Fic]

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The Stranger II [Fic]

Mensaje por Heil el Lun Sep 07, 2015 7:37 am

Un barco mercante de pieles y seda surcaba el West Blue, acercándose cada vez más a la periferia de Ohara. Sus mercancías serían un buen objeto de trueque o venta en la ciudad noble que se situaba en esa isla, donde a parte del gran árbol de la sabiduría y las montañas gigantes que habitaban bandidos, unas edificaciones se encontraban amuralladas en uno de los puntos más altos de su situación. Una vez que encalló, los tripulantes comenzaron a bajar todos los objetos que habían estado cargando desde la última isla en que rellenaron sus alimentos, sin darse cuenta de la presencia de un polizón que se había escondido en lo más oscuro y profundo de su barco, navegando sin pagar hacia la nueva isla.

Fuera de su isla, no era nadie conocido, más bien incluso más de uno le tacharía de un imbécil con ganas de aventuras. Pero su mirada seria decía lo contrario, pues huía de los recuerdos de su pasado y esperaba forjar otros nuevos que reparasen las grietas de su corazón.

Solo hubo que esperar media hora más para que el barco quedase vacío, momento que aprovechó tapándose con sus oscuros ropajes para salir al exterior, con mucha cautela y haciendo todo lo posible por no ser visto en ninguna parte. Avanzó como una sombra, bajando por la pasarela principal a gran velocidad hasta el suelo, donde se hizo el desentendido sobre lo que había pasado. Vio a un grupo de gente cargando cajas y llevándolas por una colina hacia la puerta de entrada a la ciudad, así que decidió unirse a ellos para pasar desapercibido. Se acercó al grupo y, sin que se dieran cuenta, cogió una pequeña caja de manzanas verdes y frescas, cargándolas con un poco de dificultad y uniéndose a la cola que se dirigía hacia el interior de la ciudad.

Lo más asqueroso de todo podría ser el hedor que emanaba de unos cuántos cadáveres que se encontró a las afueras, así que no hubo que pensar mucho para adivinar que aquel recorrido estaría lleno de peligros, y era por eso que los mercantes siempre viajaban en grupos bastante grandes. Muchos de los bandidos que habitaban aquel sitio no parecían tener suficientes escrúpulos como para robar directamente la mercancía e irse. No, tenían que matarlos también. Entonces la voz del joven susurró para sí mismo.

- Ojos bien abiertos, sentidos siempre alerta - Recordando los consejos que su tutor del dojo de espadas le enseñaba de pequeño.

¿Quién podría vivir en aquellos lugares? Desde luego había veces que no podía entender a la gente. Incluso tenía que ser infeccioso. De todas formas, no siguió pensando en esas cosas, sino que continuó su camino, hacia la entrada de la ciudad.

Un tiempo más tarde, en dicho lugar, fue cuestión de paciencia a que los guardias les dejasen pasar, reteniendo las cajas de mercancías que pareciesen sospechosas y haciéndolas esperar en una cola de examinación apartada de la mía. Por suerte, el guardia que supervisó al castaño solo se fijó en las manzanas, y no en la marca que dejaba la katana en sus oscuros ropajes, por lo que a un paso rápido avanzó, no fuera a ser que se arrepintiese de su decisión o se diera cuenta de lo otro.

Una vez en el interior de la ciudad, se separó del grupo principal en cuanto tuvo oportunidad, moviéndose hacia una oscura calle, donde dejó la caja de fruta en el suelo y cogió una de ellas para comer algo, puesto que los últimos días había estado viviendo de lo que podía robarles a los tripulantes del barco. Una vez que terminó dicha manzana verde, tiró el hueso que quedaba de ella al suelo, mientras que, sin quitarse la capucha de su gabardina, examinaba que la katana seguía sujeta al cinto, pues temía perderla. Se irguió de espaldas y se acercó a la salida del callejón, pegando la espalda a la pared para examinar bien todo lo que acontecía.

- Bien, creo que es hora de comenzar - Afirmó el chico de presencia oscura, dando pasos a la luz de las calles y abandonando el callejón, mientras que la gente le miraba como si fuera un bicho raro solo por ir encubierto.

Saliendo del callejón, se tapaba con su gran capa oscura para que nadie le reconociera. Bueno, la verdad es que dudaba que alguien pudiera hacerlo, puesto que no era más que un chico que había escapado de su isla natal en busca de aventuras. No había realizado el más mínimo crimen, así que no tenía nada que temer. Sin embargo, aquella personalidad solitaria y cauta de Heil le impedía ir como si aquellas calles fueran su casa. ¿Y si pasaba algo en lo que se viera envuelto? No podía permitirse tal lujo, no podía ser registrado como un criminal tan pronto. Por tanto, abrazando a la cautela y siendo lo más precavido que podía ser, avanzó por aquel entramado de calles mirando con sus orbes azulados de un lado para otro. Sin descanso, buscando un lugar en el que poder pasar pacíficamente el resto de la mañana.

Tenía poco dinero, pero podría emplearlo para comer un buen plato de carne. Su alimentación se había visto bastante deteriorada en la travesía por mar, incluso se notaba un poco más delgado. Hubo días en los que no pudo llevarse ni un trozo de manzana a la boca, por lo que los temblores fueron sus compañeros de sueño hasta que consiguió probar bocado. Por eso, necesitaba entrar en alguna taberna o establecimiento de comida. Lo necesitaba, era como una droga que tenía que inyectarse para estar tranquilo… Solo que en este caso, no era nada nociva.

Esa taberna parece un buen lugar – Se interesó al leer un cartel que ponía “Pandemónium”. Así que avanzó con un paso rápido hasta tal lugar, tapando bien su arma con la gran capa que llevaba puesta por encima de los hombros y abrochada por la parte delantera. Se sacudió el pelo con una mano y se peinó un poco, para luego llevar la mano a la puerta de entrada de dicho establecimiento.

Nada más entrar en su interior, una ráfaga de aire caliente y hedor a cerveza le causó una sensación de hogar que no había tenido nunca antes. Sus manos se volvieron un poco más cálidas con el paso del tiempo, y avanzó hasta una de las mesas que había en las esquinas para sentarse con cuidado. Apartó una silla y adoptó su espalda a la forma que tenía el respaldo de susodicho mueble, poniendo las manos encima de la mesa y persiguiendo con su mirada al camarero para que le atendiera. Este estaba limpiando vasos con un trapo sucio, previamente habiéndolos lavado con un poco de agua del grifo. Pasaron unos segundos hasta que se dio cuenta de la presencia del joven espadachín, debido a que había más gente en la taberna que requerían copas o armaban barullo. Se movió hasta donde el castaño estaba, con el objetivo de pedirle nota. Y la voz del recién aclamado pirata salió a la luz, un poco temblorosa, pero al fin y al cabo, segura de sí mismo:

Un plato de carne y un zumo estará bien, si es tan amable – Le dijo al tabernero, para luego bajar la mirada y suspirar. Movía sus manos con regularidad, de forma que no se estuviera quieto. En ese aspecto podía considerarse un poco intranquilo, pues toda la gente que había a su alrededor le suscitaba desconfianza. Y para una persona tan precavida como Heil, aquello le hacía estar en alerta constante.

Por tanto, esperó con una mirada fija al camarero, hasta que el olor de un plato de carne con patatas le devolvió a la realidad. Por fin, sus orbes mostraban un poco de brillo de vida al contemplar la comida. Tomó los cubiertos con rapidez y un poco de rudeza y empezó a darse el festín. No tardó más de cinco minutos en rebañar todo el plato con un poco de pan que le había traído de extra el camarero, y pronto se recostó contra el respaldo de la silla, con las manos en su estómago. Después de todo, había terminado llenando su tripa con una comida rica y nutritiva, y no volvería sentir hambre hasta bien pasadas unas horas. Por tanto, no había nada más que hacer allí, así que se levantó para ir a pagar a la barra.

Sin embargo, chocó contra el hombro de una persona que no había visto, y su capa se movió dejando a la vista de todos su espada.

Una persona se había interpuesto en su camino, y por su falta de atención en dicho momento había chocado contra tal. Dicho choque hizo que se tambalease hacia un lado, abriéndose su capa por la parte delantera y mostrando la vaina de la espada que llevaba atada a la cintura. Su mirada fue de desconcierto, e intentó taparse lo más rápido que pudo. Sin embargo, una mujer lo vio, y rápidamente comenzó a gritar: “Está armado, es peligroso”. La taberna entró en auténtico pánico, pensando que se trataba de un criminal a sueldo que se había colado para matar a cierta persona. ¿Por qué habían reaccionado de tal forma? En otro tipo de tabernas, ir armado era lo más normal del mundo. Pero por mala suerte, había entrado en un establecimiento de un vecindario bastante pacífico. Así, cualquiera que portase un arma ya era alguien potencialmente peligroso, que no buscado. Por tanto, solo le quedaba huir. Corrió hacia una de las dos puertas de salida que había divisado mientras que comía del plato de carne, mas una persona se interpuso nuevamente en su camino, intentando atraparle. Para darle esquinazo, el castaño se vio obligado a empujar una silla que había cerca de su posición para que el hombre trastabillara y cayese al suelo, momento que aprovecho para saltar encima de él y seguir adelante.

Consiguió llegar a la puerta, saliendo tras ella y apoyando su espalda en la madera para hacer de peso y que nadie pudiera abrirla. Mientras tanto, pensaba en algún plan a realizar, tenía que escapar lo más rápido que pudiera, y desde luego esperaba que no avisasen a la Marina. No quería tener un encontronazo con ellos tan pronto. Así que de momento, rompió el pomo de la puerta y dejó esta atrancada, mientras que desenvainaba su espada y se preparaba para escalar. Fue clavando esta en la fachada de madera de un edificio, impulsándose poco a poco hacia arriba hasta llegar a la primera cornisa, donde se sujetó y posteriormente quedó de pie. Podría ir de tejado en tejado perfectamente, pero tampoco es que tuviera un barco en el que poder escapar de la isla. Lo primero que tenía que hacer era llegar al puerto nuevamente, y cruzar los dedos para que las personas de dicha taberna no quisieran atraparle. No había hecho nada malo, solo iba armado en un establecimiento pacifista.

Con todas las tabernas que puede haber una ciudad, ¿por qué he debido meterme en una tan “extrema”? – Haciendo referencia a la forma en que se habían lanzado a por él en cuanto descubrieron que portaba dos espadas consigo. Acarició los mangos de sus espadas, y luego continuó con su huida.

El castaño se fue desplazando de tejado en tejado, claramente a los que podía llegar por altura, hasta más o menos cuatro edificios más. Más de una vez tuvo que emplear su espada nuevamente para llegar hasta la siguiente cornisa, y estuvo a punto de caer nuevamente. Sin embargo, el simple miedo a que lo apresaban era lo que le hacía seguir hacia adelante. Tenía que huir, y lo mejor para ello era salir de la escena en que había sido descubierto. Una vez suficiente alejado de la taberna, se descolgó por la pared hasta caer al suelo. Cayó de bruces en un callejón oscuro, con el cuerpo de costado. Soltó un gran quejido cuando su cuerpo impactó en el suelo, retorciéndose de dolor durante unos instantes para luego hacer acopio de sus fuerzas y levantarse con cuidado. Se apoyó en un barril que había cerca de su posición, y reposó durante un instante de aquella forma.

¿Por qué me pasa esto a mí? No le he hecho daño a nadie – Susurraba el espadachín en una voz muy baja. Cierto era que no había tenido intenciones agresivas con nadie de la taberna, simplemente quería mitigar el hambre que sacudía su cuerpo. Definitivamente, era un mal día.

Por tanto, solo le quedaba volver a la zona del puerto y encontrar un barco en el que colarse. Se taparía con mantas o lo que hiciera falta, incluso encerrarse en algún camarote para pasar desapercibido. Pero tenía bien claro que no era gratamente recibido en aquella isla.

No había nada que pudiera retenerle de escapar de Ohara, por lo que sus pasos decidieron encaminarlo hacia el puerto. Ya sabía por dónde estaba, pues fue directo hasta la taberna desde allí. Además, cuando estaba saltando de casa en casa, podía verse a la perfección los embarcaderos del muelle. Sin embargo, estaba un poco descolocado por el golpe que se había dado al caer. Todavía se encontraba en el callejón oscuro, apoyado sobre uno de los barriles que había cerca de una pared. Una mano estaba apoyada en dicho objeto, mientras que la otra acariciaba las costillas. Parecía que el golpe anterior le dejaría un hematoma durante un buen tiempo, y no tenía ningún utensilio médico encima para poder tratárselo. Tragó un poco de saliva y suspiró, intentando no tocarse la zona, pues notaba pinchazos cada vez que lo hacía.

Cuando estuvo un poco menos mareado de la caída, empezó a andar. Sin embargo, sacó su espada del cinturón donde estaba atada y la usó como si de un bastón se tratase. Apoyaba la funda en el suelo de vez en cuando, andando lentamente. Salió del callejón pegado un poco a la pared. Se echó la capucha por encima de la cabeza, de forma que la gente no pudiera ver su rostro. No sabía si habrían llamado a los marines para que hicieran una redada y lo detuvieran por posesión de armas, así que no debía arriesgarse a ser capturado. Continuó con su gesta con mucho cuidado, orientándose por las calles que recordaba nada más llegar a la isla. Cada vez que veía a una persona, intentaba pararse y colocar la cara mirando hacia una pared, arqueando su espalda como si de un anciano se tratase. Lo que quería era esquivar las miradas que pudieran suponerle peligro, y de aquella forma parecía que le iría bien.

Incluso llegó a escuchar alguna que otra vez rumores de la boca de las personas que pasaban andando a su lado. “¿Sabes que encontraron a un chico armado dentro de una taberna?”, “Sí, dicen que intentó asesinarlos a todos y que se dio a la fuga cuando lo descubrieron”. ¿Qué, cómo podían tergiversar la historia de aquella manera? Los orbes del castaño se abrieron de par en par cuando las mismas personas anotaron: “Menos mal que ya avisaron al grupo de reconocimiento”. Un vuelco sobrecogió el corazón de Heil, que quedó parado con la garganta totalmente seca. Por lo que había escuchado, las personas de la taberna en la que había estado cenando anteriormente le habían delatado a las autoridades. ¡Pero él no había asesinado a nadie, eso era toda una mentira! Aunque es normal que, cuando unos cuentan historias a otros, la verdad cambie parcial o totalmente, como es en este caso. Ahora sí que tenía claro que tenía que escapar de Ohara, y no volver hasta que fuera lo suficientemente apto como para sobrevivir por sí mismo. Apretó el puño y continuó andando, en el silencio absoluto que tanto le estaba ayudando en esos momentos.

Conocen mi cara, pues todos los que había en el interior del establecimiento pudieron verme. Pero no conocen mi nombre, aunque eso no sirva de mucho… Teniendo una descripción física, los marines podrán rastrearme por toda la isla… ¡Qué mala suerte! – Dijo esto último con un tono de voz un poco más alto de lo normal.

No había nadie que pudiera escuchar eso, pues la calle se había vaciado por completo. Al cabo de unos cinco minutos de precavida y cauta caminata, empezó a observar en la lejanía la entrada al puerto de Ohara. Por fin había llegado, y lo mejor de todo, es que no parecía haber nadie que le estuviera esperando. Debido a que se había recuperado parcialmente de la caída del tejado, y no necesitaría más la funda de la espada para apoyarse, volvió a sujetar esta al cinturón del que la había tenido colgada. Se tapó a la perfección con su capa, y la capucha puesta por encima de su cabeza. Comenzó a caminar hacia su destino, pues tenía a menos de cien pasos la llave para su huida. Tendría que encontrar un barco pequeño en el que pasar desapercibido, y entonces, podría respirar tranquilo.
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