¡Bienvenidos a Hysteria; One Piece. El mejor foro de rol en el que podrás forjar tu propia leyenda en los 7 mares del universo creado por Eiichiro Oda. Elige tu camino, en el que podrás ser parte del mundo pirata, convertirte en un héroe de la Marina, cambiar el mundo con la revolución, alistarte en las filas del Gobierno o escoger una vida de cazador en la que podrás hacer todo lo que quieras. La libertad está solo a un paso y tu puedes escoger el modo de conseguirla. ¿Como serás en Hysteria; One Piece?
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The Stranger III [Fic]

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The Stranger III [Fic]

Mensaje por Heil el Mar Sep 15, 2015 12:47 pm

Podía notar el sabor de la victoria en su garganta, y el perfume de la esperanza en sus fosas nasales. Una mínima e ínfima sonrisa se dejaba ver en su expresión facial, mientras que sus ojos brillaban por poder seguir con el sueño de su vida pirata. Todo parecía bastante bueno, en el sentido de que no había nadie que pudiera interponerse en su camino. Suspiró de alivio, y dio varios pasos hacia adelante, saliendo a la pequeña plazoleta que había antes de pasar al interior del muelle por una gran puerta. Su peor pesadilla tomó la forma de dos siluetas oscuras cuyos pasos avanzaron desde el interior del muelle, saliendo de su escondrijo.

¿Lo ves? Te lo dije, seguro que intentaba escapar – Habló con voz grave uno de los dos hombres que habían aparecido espontáneamente.

Odio que lleves la razón, te debo una jarra de cerveza – Respondió el otro, mientras que ambos cuerpos aparecían de la sombra.

El pelinegro se fijó en que dos personajes uniformados estaban enfrente de él, con sables enfundados en la cadera. Vestían el típico traje azul y blanco de la Marina, y unos pañuelos atados al cuello que dejaba caer por los hombros hacia la espalda, signo de que eran nuevos reclutas de la isla. Claro, ¿cómo iban a mandar a alguien importante a por un simple chiquillo? Dos reclutas se encargarían perfectamente de la situación y de hacerle entrar en razón. Seguramente vendrían con las intenciones de detenerle, requisarle todas las armas, y dejarlo en la cárcel hasta que cumpliera el tiempo reglamentario por sus fechorías. Sin embargo, apretó los puños y se bajó la capucha. No había nada que ocultar en aquel momento. Su mirada era un poco seria, pero todavía no estaba lo suficientemente madura como para enfrentar visualmente a aquellos dos enemigos. Su voz salió con temperamento de su interior, para luego decir:

Soy inocente, no he hecho nada. ¿Es un crimen llevar armas? – Preguntó con un poco de furia, mientras que esperaba a la respuesta que pudieran darle aquellos dos hombres.

Uno de los dos le miró con una cara irónica, para luego dar alguna que otra palmada  y soltar una ofensiva carcajada sobre su persona. Se llevó una mano a la frente, y la otra al estómago. Parecía que las palabras del joven pelinegro habían cundido la gracia en su interior, aunque no fuera esa la intención con que las había proclamado. Instantes más tarde, cuando el ataque de risa del marine y de su compañero cesó, el otro habló con un poco de ironía:

No es aconsejable llevar armas en un lugar donde la Marina ejerce su jurisdicción, aunque no es exactamente por eso por lo que nos han ordenado hacer guardia para darte una lección. Por lo visto: creaste un revuelo en una de las tabernas de la isla, te fuiste sin pagar, te diste a la fuga y destrozaste mobiliario del establecimiento – Dijo el hombre, refiriéndose a la silla que había lanzado para que el hombre que intentó atraparle cayera al suelo. Pero venga ya, ¿por esa tontería habían llamado a la Marina?

Puede que pudieran catalogarlo como un niño problemático, pero de ahí a tener que avisar a las autoridades a que persiguieran al joven había un gran paso. Los dos hombres empezaron a andar hacia el espadachín, mientras que este reaccionaba dando algunos pasos hacia atrás. La mirada de los dos hombres se volvió un poco arisca, aunque confiada y segura de que podían contener a Heil durante todo el tiempo que quisieran. La confianza por la diferencia de edad y fuerza, seguramente, sería su perdición.

Así que ven con nosotros y no te pasará nada malo. Solo vamos a encerrarte en una celda hasta que los cargos superiores decidan qué hacer contigo – Dijo el otro que no había hablado anteriormente, haciéndole una señal con la mano para que se acercase a ellos.

Por su parte, el joven espadachín quedó mudo. Su historia pirata no podía terminar tan pronto, en cierto modo, no habían pasado ni dos semanas desde que saliera de su isla natal. Parecía imposible que aquello le estuviera ocurriendo ya, por lo que decidió buscar el camino de la libertad. Y para ello, dio la vuelta, y comenzó a correr. Su objetivo, nuevamente, era el mismo de siempre: escapar.

El joven había decidido darles la espalda a los dos reclutas de la Marina que habían aparecido para encarcelarle. Claramente, no podía permitirse que su aventura terminase en un punto tan temprano de su vida. Tenía que hacer lo que fuera para seguir con aquella gesta de los mares y volverse famoso, así que la huida era lo único que le quedaba para albergar un poco de esperanzas en su corazón. Apretó los puños todo lo que pudo, y sin mirar atrás, empezó a correr hacia adelante. Tenía que hacer zancadas lo suficientemente rápidas como para dejarles atrás, aunque alguna que otra vez giró su cabeza para ver si le seguían pisando los talones. Claramente, los reclutas no dejarían que el joven pirata escapase, por lo que le siguieron a un ritmo bastante parecido.

Heil se metía por los callejones oscuros para intentar darles esquinazo. Si veía algún objeto que pudiera usar para obstaculizarles el paso, lo tiraba hacia ellos: cajas, barriles, incluso cerraba verjas. Controlaba su respiración entrecortada lo mejor que podía, e incluso se sintió tentado a subir por un tejado alguna que otra vez para perderles de vista. Sin embargo, aquellos dos hombres estaban en unas condiciones físicas muy buenas, por lo que no parecía complicado para ellos el seguir al joven huidizo por las calles de Ohara.

- Joder, ¿es que no voy a tener un maldito respiro hoy? – Lanzó dicha pregunta retórica al aire, mientras los efectos del cansancio empezaban a hacer mella en su cuerpo. Gotas de sudor caían desde su frente, y algunas de ellas se extendían tanto que hacían picar sus ojos un poco. Pasó la manga de su brazo izquierdo por ellos mientras que seguía corriendo a la máxima velocidad que le permitía su cuerpo, pasando por distintas calles principales y volviendo a otras secundarias un poco más oscuras.

Conforme los minutos pasaban, el joven de cabellos oscuros llegó a la conclusión de que no podría dar esquinazo de aquella forma a los dos reclutas, por lo que tendría que separarlos. Tenía que aprovechar la oscuridad de las calles, los recovecos que pudieran acogerle entre las sombras. Y por supuesto, tener mucha suerte. Así que se preparó, mirando de reojo a cada lado para quedarse bien con cada sitio que pudiera recordar.

Entre sus planes entraban llevar a los marines por el entramado de calles continuamente, de forma laberíntica, pero siguiendo siempre algunas calles comunes. De esa forma, podría esconderse detrás de un barril en un momento preciso, o dentro de una casa con escaleras inferiores, en el sótano más bien dicho. Pero para ello, tenía que conocer a la perfección por donde se estaba moviendo. Y lo más importante de todo: tenía que dividirlos. Estaba completamente seguro de que saldría muy mal parado si intentaba pelear con ambos enemigos a la vez. Pero tal vez, si conseguía separarlos lo suficiente como para enfrentarlos en un combate individual, uno a uno, tuviera una mínima posibilidad de sobrevivir. Siendo esto último lo que tanto ansiaba.

Así que empezó a recorrer la ciudad, saliendo de una calle y entrando en otra nueva. Esta vez no tiraba hacia atrás cubos de basura o barriles, puesto que los necesitaría en el estado que se encontraban para realizar una escondida sigilosa perfecta. Continuó corriendo, volviendo a las mismas calles de antes, como si se hubiera perdido. Una vez que dio tres o cuatro vueltas, ya sabía más o menos las cosas que tenía cada una de ellas, y cómo podía utilizarlas a su favor. Así que fue en ese momento cuando el pelinegro llevó a cabo su accionar, con unas ganas terribles de que aquello funcionase.

Llevó a los dos enemigos hacia un callejón que se subdividía en dos más adelante, pero previamente tenía un giro muy cerrado que impediría ver qué haría el joven durante dos o tres segundos, hasta que le pillasen. Así que fue por allí y, aprovechando ese tiempo, se coló en el interior de una zona baja oscura, tapada por cajas y cubos de basura que había para tirar los desperdicios. Se tapó la nariz, y deseó no vomitar para delatar su presencia. El efecto fue el esperado, ambos marines no pudieron verlo, y decidieron separarse para buscarle. Todo esto, mientras los incoloros orbes del chico se fijaban en la conversación. Ahora, tenía una oportunidad.

El joven seguía escondido en el pequeño sótano bajo una pared de ladrillo con montones de cajas de basura, tapándose la nariz con mucho cuidado de no realizar movimientos que pudieran delatar su posición. Pudo ver con un poco de dificultad cómo uno de los dos marines decidía volver hasta el muelle, por si acaso Heil volvía para escapar. Era una decisión sabia, pero ahora al menos sabía dónde podría encontrar a uno de ellos. El otro, que seguía vagando por el entramado de calles en el que se había metido, no sería un problema demasiado grande. Podría atacarle desde la espalda y enviar dicho impacto hacia una zona de su cuerpo que fuera débil, como el cuello. De esta forma, si lo dejaba inconsciente, sería todo mucho mejor para su persona. Podría esconderlo y deshacerse del cuerpo, incluso dejarlo atado si él mismo llevaba unas esposas. Por eso, dejó de preocuparse por el marine que se había ido a los muelles, para centrarse en el que estaba ubicado más cerca de su posición. Con la mano libre, desanudó el cordel que mantenía atada su espada derecha a su cadera, para tomarla con una de sus manos. Así, podría atacar rápidamente cuando lo encontrase. Y eso es lo que haría.

Cuando vio que el marine de las calles estaba un poco desviado de su posición y que no miraba hacia donde se encontraba, sino que seguía con su patrulla hacia adelante, salió con mucho cuidado del escondite donde se había metido anteriormente. Se destapó la nariz y volvió a respirar el aire no podrido y un poco viciado del que tanto había echado de menos durante unos segundos. Caminó a paso cauto, con una de sus manos en la funda de la espada y otra en el mango correspondiente. Empezó a seguir, apoyando su espalda en la pared para que no le viera, al marine que se había quedado por aquella zona. Ganaba cada vez más terreno, y si el hombre se paraba, él hacía lo mismo. Era como jugar a la gallina ciega, solo que mucho más real y agresivo.

Continuó así hasta que por fin alcanzó su espalda, agarrando la katana con un poco más de suavidad. Frunciendo el ceño y concienciándose a sí mismo de que si no atacaba, sería apresado, decidió lanzarse a por la victoria. Movió su espada con ambas manos, y lanzó un fuerte golpe hacia la parte trasera de la cabeza del marine. La funda impactó completamente –No había querido usar el filo para no matarlo, no era de ese estilo.– en el sitio elegido para el golpe, haciendo que el marine cayera hacia adelante rápidamente. No sabía si su ataque había surtido perfecto efecto, así que se puso encima de él y lanzó otros tres golpes más hacia la cabeza. Estos incluso enterraron un poco la parte superior del cuerpo del recluta en el suelo, para que luego se levantase con la funda un poco manchada de sangre. No le había dado lo suficientemente fuerte como para matarle, sino para dejarlo inconsciente. Todavía no quería que sus espadas probasen la sangre humana, al menos no hasta que estuviera realmente preparado para ello, o su vida corriera peligro.

Este ya no podrá levantarse en un buen rato – Decretó el espadachín al colocar sus dedos en el cuello del hombre y notar que su pulso se había vuelto muy bajo, casi inexistente. Tal vez se hubiera pasado golpeándolo tan fuerte. Sin embargo, estaba realizando aquellas acciones por una vida libre, así que no le importó demasiado.

Ahora lo que restaba era volver hacia los muelles, y encargarse del otro marine para poder escapar a salvo. Por tanto, movió el cuerpo del inconsciente marine hacia donde se había estado ocultando. La zona de los cubos de basura, ahí fue donde le dejó, oculto por varias bolsas. Sin más, volvió hacia las calles principales para dirigirse a la entrada del muelle. Llevaba la misma espada que había usado anteriormente en las manos, preparada para utilizarla en caso de que fuera necesario. Sin embargo, primaría la opción de dejar inconsciente al hombre, en vez de matarle. Pero como pirata, no podía prometer nada. No era un vidente, y no sabía cómo saldrían sus planes de futuro.

El pelinegro avanzaba a un paso ya más descuidado por las calles de Ohara. Había sido descubierto por el grupo de dos marines reclutas que habían mandado por los informes sobre su persona, así que no era necesario esconderse tanto como antes. Llevaba las manos sobre el mango de sus espadas, preparado para desenvainarlas en caso de que fuera necesario. Su mirada se había vuelto un poco más fría que de costumbre, tal vez el aporrear a uno de los dos marines hasta dejarle inconsciente le subió un poco los ánimos, que tan bajos habían estado desde que fue descubierto en el interior de la taberna donde comía placenteramente. Sus pasos resonaban con un poco de volumen en los adoquines que había en el suelo, manteniendo el ritmo cardíaco con suaves exhalaciones y espiraciones de aire. Lo tomaba con las fosas nasales y lo expulsaba con la boca. Así continuó hasta llegar a las inmediaciones del puerto, donde encontró al otro guardia esperando en la puerta, justo como lo vio la última vez. La cara de este era un poco bruñida y arisca, desenvainando directamente el sable que portaba en la parte derecha de su cadera. Adelantándose varios pasos, terminó por decirle al pelinegro:

¿Dónde está mi compañero? Ese borracho no ha podido dar con un puto niño como tú, qué vergüenza – Dijo mientras que paraba y miraba con aires despectivos al espadachín de arriba a abajo. Francamente se creía superior, y eso podía usarlo para su propia ventaja.

Ahora mismo debe estar inconsciente en cierta zona de bolsas de basura. El niño consiguió distraeros y separaros para emboscar a uno de vosotros con facilidad. Y habéis caído de una forma muy simple, no me extraña que solo seáis reclutas – Comentó con una sonrisa y un tono irónico, como él le había hablado nada más verle. Si podía ser todo lo sincero y cabrón que pudiera ser, lo sería. Y ahora mucho más, pues se estaba jugando su libertad. Tenía que apostarlo a todo o nada.

Tsk, la sangre en la funda de tu espada me desconcierta. ¿Has llegado a matarlo? De ser así, te has metido en un grave problema. Y aunque no lo hayas hecho, ten por seguro que te voy a llevar conmigo por resistirse a la autoridad – Comentó el hombre, dando un paso más hacia adelante.

Quédate donde estás si no quieres ser cortado. Estoy hablando en serio. A tu compañero no le ha pasado nada, solo lo he golpeado varias veces en la parte trasera de la cabeza. Pero tú no correrás la misma suerte si intentas detenerme – Añadió el chico mientras desenvainaba sus dos espadas, tal y como había hecho tantas veces atrás, incluso en los entrenamientos de su dojo de espadachín.

Así, el chico adoptó una posición de combate típica de su estilo de dos espadas. La que portaba con su mano izquierda estaba apuntando hacia el recluta de la Marina, mientras que la que portaba en su mano derecha se quedaba rezagada. Esta estaba sujeta con un agarre inverso, dejando la parte del filo a su espalda. Las agarraba con fuerza, de una forma confiada y segura. Como si no tuviera miedo a emplearlas. No había el más mínimo pudor ni temblor, por lo que era bastante fácil adivinar que aquel chico había recibido una educación de espadas desde pequeño. Aunque eso no lo hiciera un verdadero monstruo, se podía apreciar que el chico tenía conocimientos básicos. Y eso, en una pelea hoy en día, era algo bastante de agradecer.

Entonces está todo hablado. Levanta esa espada, criminal, vamos a ver cómo os enseñan a pelear a los supuestos piratas – Comentó el hombre. Era la primera vez que lo catalogaban y tachaban de pirata, por lo que el joven pelinegro esbozó una sonrisa de felicidad.

Me parece bien, veamos cuál es el motivo por el que te has estancado en el rango de recluta – Se jactó el espadachín, moviendo un poco sus piernas para calentar.

Dicho comentario no le hizo gracia al soldado de la Marina, quien apretó con fuerza tanto su mandíbula como el sable que portaba en su mano derecha. Impulsándose, se lanzó a por el joven que lo había insultado, para empezar con el combate que únicamente tendría un resultado como consecuencia: si ganaba el marine, la vida de Heil sería enjaulada; y si ganaba él, podría volar hacia la libertad y la gloria.
Nivel : D



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